¿Qué tanto sabe ChatGPT sobre mí?

Por: Gerardo Angulo Cuentas
Hace unos días, por simple curiosidad —o tal vez por una necesidad más profunda— me senté frente a ChatGPT y le pregunté: “¿Qué sabes de mí?”. No era un reto. Era más bien una especie de experimento existencial. A ver qué pasa cuando uno le lanza su nombre a una inteligencia artificial y se queda en silencio, esperando que devuelva algo que suene a verdad.
Y lo hizo. En segundos, me devolvió una lista de títulos que, admito, me sonaron familiares: doctor, director, investigador, mentor, autor… Parecía como si estuviera leyendo mi hoja de vida en voz alta. Todo ordenado, todo correcto. Casi como si la máquina me conociera desde hace años. Me halagó un poco, no lo niego. También me dio un poco de mareo.
Entonces decidí llevar el juego más lejos: le pregunté por mis defectos. ¿Qué hay de lo no tan brillante? ¿Lo que no pondría en un discurso o en una biografía? ¿Eso también lo sabe? Pero esta vez la respuesta fue otra: nada. Silencio. ChatGPT no encontró aspectos negativos. No porque yo sea perfecto, claro está —ni cerca—, sino porque esas cosas no suelen estar en línea, y si lo están, no tienen suficiente “peso digital” como para que una máquina las considere confiables.
Ahí entendí algo importante. ChatGPT no me conoce realmente. Conoce lo que se ha dicho de mí, lo que yo mismo he publicado, lo que otras instituciones han escrito en sus páginas. Conoce la versión pública, oficial, esa que uno ha ido tejiendo con los años y que termina convertida en resumen de Google o en línea de presentación para un evento. Pero de lo otro, de lo que me cuesta, de lo que aun no entiendo de mí, no sabe nada.
Y está bien. Porque este experimento me recordó que hay una diferencia grande entre lo que uno es y lo que uno muestra. La IA puede parecer una experta en nosotros, pero solo si aceptamos que somos lo que está en línea. Y no lo somos. Somos también lo que dudamos, lo que ocultamos, lo que soñamos en secreto, lo que corregimos a tiempo. Y eso, por suerte, todavía no está al alcance de ningún robot.
¿Fue útil preguntarle a ChatGPT quién soy? En parte sí. Me mostró el poder —y el límite— de la inteligencia artificial. Sirvió para recordar que nuestra identidad digital es apenas una capa. Importante, sí, pero no definitiva. Lo que somos de verdad, lo que llevamos dentro, sigue siendo territorio humano. Inexplorado. Incompleto. Y, por eso mismo, profundamente valioso.
¿Qué tanto sabe ChatGPT sobre ti? ¿Quién dijo miedo?




