La pobreza, perverso flagelo

Por: Saúl Alfonso Herrera*
Tenemos en nuestro departamento, penoso es decirlo, un número de pobres que no se compadece con nuestras riquezas naturales y lo que es peor nos seguimos empobreciendo a juzgar por lo que día tras día observamos. No cuentan con ingresos suficientes para satisfacer sus necesidades básicas y tienen al menos una carencia social, entre las que destacan la falta de acceso a servicios de salud, seguridad social, vivienda con espacios dignos, servicios básicos de la vivienda o a la alimentación, lo que hace necesario orientar e implementar políticas que apunten a reducir la pobreza, objetivo que debe lograrse en importante medida camino a derrotar la pobreza estructural, en lo que importan diagnósticos correctos como reales estadísticas que reflejen una verdad no sólo numérica sino vivencial, y no se circunscriban a establecer el poder adquisitivo, sino que contemplen al conjunto de necesidades cuya cabal satisfacción define a la dignidad humana en su concepción actual.
Al hablar de pobreza es preciso tener en cuenta, además del factor salarial, indicadores como los déficits relativos al acceso a la vivienda, servicios básicos, calles no pavimentadas y demás otras variables que dependen exclusivamente del trabajo del Estado. Situación que empeora en la medición multidimensional, que toma cuestiones estructurales como el acceso a una vivienda digna, alimentación adecuada o el acceso a la salud, razones por las que se debe poner en funcionamiento un plan de inversión pública mediante políticas dirigidas a atenuar los déficits existentes en las zonas mayormente vulnerables.
Necesario es además ver de qué manera se va a derrotar de una vez por todas el flagelo de la pobreza, que se reducirá de manera importante con la generación de empleo formal aunado a un mayor crecimiento económico, que deberá ser inclusivo, generar empleos formales y reducir la informalidad, máxime al no estar demostrada una clara relación entre crecimiento económico y reducción de la pobreza; y ser evidente la relación entre crear empleo formal y reducir la pobreza, lo que nos indica que el crecimiento económico que no genera empleo formal no es el que necesitamos, toda vez que la piedra angular para lograr reducir la pobreza no son programas sociales (válidos de todas maneras), sino la generación de empleo formal (más importante en este proceso).
Quien trabaja no debe ser pobre y entre nosotros desafortunadamente muchos de los nuestros viven en pobreza extrema a pesar de trabajar tiempo completo, siendo imperante eliminarla y buscar afanosamente la prosperidad con programas que minimicen la pobreza laboral, puesto que ella, la pobreza, no es un problema de falta de educación y empleo simple, sino de calidad. La pobreza, entendámoslo, sólo se solucionará con un mercado laboral digno que permita desarrollar la demanda interna y el consumo. No podemos permitir más que personas que trabajan tiempo completo, vivan en la pobreza extrema. Quien trabaja no puede ser pobre, razón por la que el modelo de reducción de pobreza debe repensarse de manera urgente en beneficio de las gentes, ávida de soluciones permanentes que no medidas coyunturales en tan especial particular, determinante por demás en alto grado en la calidad de vida de los asociados.




